LA PLUMA Y EL ALMA por Francisco José González del Piñal Jurado

“Cuando la ideología está por encima del conocimiento, y se cree libre de  crítica, el resultado es la falacia y el triunfo de la leyenda y  la  propaganda  sobre   la    Historia. Cuando un país desprecia la cultura porque no aparece en los papeles de la ciudadanía, en las encuestas, el resultado es el olvido de nuestra Historia. Y de nosotros mismos”, nos dice Javier Olivares, un cultivado guionista de series históricas españolas.

Historia: testigo de los tiempos, luz de la verdad. Aquí no hay amaño posible, ni barbaridades con aforamiento que pongan la falacia a debate. Lo que hay son protésicos de la provocación y mucha colisión de principios… El cualificado periodista Fernando Jáuregui, nos dijo recientemente en la revista “Informadores” (órgano de la Asociación Española de Periodistas e Informadores de Prensa, Radio, Televisión e Internet, a la que pertenezco desde 1987) que hay que reivindicar la Historia; porque los que llegan ahora no pueden hacer tabla rasa con el pasado. Tenemos, pues, que acostumbrarnos a utilizar el término “incorrectamente político”, negándonos a vivir ante una ensalada de perplejos y confundidos. “Retorcemos la Historia para fomentar los enfrentamientos”, nos dice el admirado Aquilino Duque. Por todo ello, ante la adversidad, demos preferencia y valor a lo que nos une, y no pasar por idiota ante la presencia de un imbécil. La Historia, insisto, no admite suplantación, ni es el campo de batalla, o, en un argot más completo, ni teatro de operaciones de ninguna ideología, como ya anticipé, en estas mismas páginas, el día 8 de Abril.

Este artículo está basado en ECCE MILES (la mirada del soldado), y de soldados voy a hablar; desarrollando pensamiento e idea que haga meditar, cumpliendo íntegramente (o, al menos, intentarlo) con la filosofía que en el propio blog se advierte.

Por azares del destino, llevo efectuadas ya muchas necrológicas, extensas, detalladas, con ilustraciones del finado… en diarios y revistas, porque, en algunos casos, si no las hago yo no las hace nadie, y no es de recibo impunidad alguna en personas, que han pasado por esta existencia con honor, legando huella de bien hacer, desfilando por los escenarios de España sin el paso cambiado, con valor conocido y reconocido, y. desde luego, con código de honor propio.

Naturalmente, no quiero aprovechar estas páginas para hablar de mí, escritor de tres al cuarto, pero con pluma y con alma, porque de lo que se trata es hacerlo de los demás, que es lo importante. La necrológica se inventó porque existen buenas personas, dedicándosela a los mejores. Así que nadie piense que todos son buenísimos cuando fallecen. No. No es así. Lo que sí es cierto es que estos escritos post morten se confeccionan cuando estä justificado ante una conducta, un comportamiento implacable. Vamos, cuando la persona aludida se ha ganado el aprecio y respeto de los demás, mereciendo ser recordada; porque el protagonismo es para ellos, porque vivieron con la fuerza de su prestigio, supremacía absoluta de su solvencia porque se lo han ganado, personas de mérito relevante entre los de su rango. Por ello, aquí caben todos los “enseres” gramaticales de mi generación. Tal vez exponerse a escribir sobre un maestro, con mayúsculas, puede terminar complicado porque las palabras pueden quedarse parcas de contenido. Un maestro es un “todo terreno” que crea su propia hoja de ruta con responsabilidad, y por eso merece un premio con su nombre, y una calle, en su patria chica o en la gran ciudad; pero, claro, hay que contar con que hoy gobiernan los del Este, mañana los del Sur, y tal vez al día siguiente atracan al consistorio los desnortados, que lo primero que hacen, estos esperpentos, con carácter de urgencia, y sin piedad, es cambiar los nombres de las calles, dándole total preferencia al cambio, cuando probablemente haya problemas serios e inaplazables que resolver.

Una fuerte dosis de lectores, estoy convencido que están incluídos en el abanico legionario, en La Legión que nos une, y por ello estamos acostumbrados a hablar y a oír hablar de la muerte, aunque no sea ningún deleite. La muerte tiene muchas acepciones, en función del foro, o escenario, a donde se aluda. Veamos: muerte en la fe.- separación del alma del cuerpo. Muerte doméstica. – cambio de destino. Muerte en la poesía. – ¡Oh, tú!, eterno nombre

sin fecha… Por eso en La Legión, cuando los novios de la muerte la nombran se refieren a la muerte en el frente, a la muerte en combate. En el  alma del legionario siempre permanece ver su nombre inscrito en lista de revista, porque el Tercio imprime carácter a perpetuidad.

Voy a dedicarle seguidamente unas tiernas líneas a las personas, civiles y militares, a las que me ha correspondido el honor de dedicarle tiernas palabras de reconocimiento, con motivo de su marcha a la eternidad, pero sin nombrarlas, porque para ello tendría que pedir permiso a sus descendientes, y unos dirían sí y otros no. La relación abarca todos los empleos, desde teniente general hasta la tropa, habiendo estado la mayoría en La Legión. Por cierto, entre los civiles se encuentra hasta un príncipe, a quien le encantaba que lo llevase a comer a la Hermandad Nacional hasta pocos meses antes de “cambiar de destino” -1926-2013-.

Entre las virtudes militares se encuentran, en los primeros puestos, la educación, la lealtad, la confianza, el valor, el espíritu (en el caso legionario, los espíritus), y, desde luego, la disciplina. Pues bien, por encima de todos ellos existe uno, que sobresale y que abarca a todos los demás… Eso se llama cariño, y el cariño no se apea nunca, porque el cariño es para toda la vida. Y es que por encima de las virtudes militares está la pléyade.

Me detendré seguidamente en las dos figuras elegidas: un General de Brigada y un Cabo. El General era de la promoción de mi padre, y, por lo tanto, era de Transformación; por lo que lo conocía de toda la vida, asistiendo habitualmente a muchos actos de entre los que quien escribe organizaba. Me conocía su vida a la perfección, y, dada la confianza reinante, me contaba muchas cosas que él sabía que de mis labios no iban a salir nunca. Hacerle la necrológica a un querido y admirado jefe, dejando intencionadamente muchos valores en el tintero es el mejor símbolo de cariño hacia una persona a la que, obviamente, no deseas bajo ningún concepto perjudicarla. Seguidamente me explico con esta muestra: Nuestro protagonista lucía en su pecho solamente una condecoración, que rompía moldes. Vamos, con ella exhibida no necesitaba ponerse las demás. Siempre llevaba en la cartera una histórica foto, en blanco y negro, en la que. en 1938, una histórica autoridad militar le estaba imponiendo, en una plaza pública conocida, la tan preciada condecoración, pero con uniformidad diferente al del Ejército de Tierra. En mi tribuna de admiración, respeto y recuerdo evadí detalles de las circunstancias de aquella alta distinción, no fuera a surgir de debajo de las piedras algún reptil o aterrizara algún cuervo, y le fuera a quitar, a estas alturas, la preciada condecoración. Por eso, no le falta razón a Peñafiel cuando dice eso de “valgo más por lo que callo, que por lo que cuento”. Este mando tuvo para con quien escribe un gesto de esos que no se olvidan nunca. Con motivo de la finalización de mandato del que suscribe, le es organizada una cena-homenaje a casi 600 kilómetros de Madrid. El veterano General (llevaba ya en la Reserva un buen puñado de años) se entera del acto, acudiendo a Capitanía General a inscribirse en el mismo, dado su interés en asistir. A los postres de tal celebración me entero que, bien tempranito, había acudido en un tren ligero a Madrid porque tenía un almuerzo con su promoción ese mismo día, y que, para poder asistir a mi acto, había adelantado el regreso en tren, para poder estar a tiempo de acudir al mismo. Estoy hablando de una persona que cuando ocurrió todo esto tenía  ya 79 años. ¡Sobran las palabras! Por eso, mi necrológica estuvo llena de cariño por “tó los cuatro costaos”.

La segunda historia seleccionada habla de un Cabo caballero legionario, vicepresidente de la Hermandad de La Legión, a la que pertenezco,  que nos dejaría a los 89 años de edad. Persona tremendamente querida por todos, educado, disciplinado, discreto, a quien lo quería todo el mundo, no teniendo en su vida ni un solo tropiezo con nadie. Cuando abandonó el servicio activo se dedicó a la restauración de muebles nobles, contando con una clientela de postín, que sería recomendado para trabajar en el extranjero en edificios oficiales y mansiones solariegas, y a pesar de tanto éxito, del que nunca se aprovecharía, se sentía legionario hasta la médula. Tuvo una merecida despedida en todos los sentidos, y a pesar del tiempo transcurrido de su marcha, se le sigue echando en falta. Y es que el soldado de España, el legionario, el artillero, el marinero… no se retira nunca de España. En La Legión se es legionario hasta el final de los días. Cuando entregó el Mando Regional Sur el Teniente General Muñoz-Grandes, el día que se despidió del 4º Tercio, 20 de Septiembre por cierto, dijo, entre otras cosas, que seguiría siendo un soldado durante toda su vida. Felizmente tengo que añadir que lo está cumpliendo.

La Legión, original vergel. Negados natos a la venta de humo, sencillamente porque las dosis de valentía no necesariamente conducen a la inconsciencia.  Muchas trayectorias ejemplares hacen que, en el ocaso de nuestra existencia, pasen de legionarios de lujo a legionarios eternos. El lujo puede ser arrebatado pero la Eternidad no. A nuestro Santísimo Cristo de la Buena Muerte se lo pedimos en este cuarteto, que le hice, de artilugio :

Escúchame con atención,

Cristo de la Buena Muerte.

No me dejes a su suerte

al Cuerpo de La Legión.

Por eso, hoy sonríen desde la nave celestial de su prestigio. Me refiero, como advierto en el encabezamiento,  a los que se fueron y siguen estando.

FRANCISCO JOSÉ GONZÁLEZ DEL PIÑAL JURADO

2 pensamientos en “LA PLUMA Y EL ALMA por Francisco José González del Piñal Jurado

  1. Me sorprende muchísimo que, hasta ahora, NADIE haya hecho un mínimo comentario en ningún sentido.

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