EL OFICIAL QUE TENGA LA ORDEN ABSOLUTA DE CONSERVAR SU PUESTO A TODA COSTA LO HARÁ General de Brigada (R.) Adolfo Coloma Contreras

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Iglesia de Baler

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Teniente Martín Cerezo

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Rogelio Vigil de Quiñones

Así de claro y contundente, con el laconismo propio de la expresión militar, se pronunciaba el artículo 21 de las antiguas Reales Ordenanzas que desde tiempos de Carlos III han sido la norma de conducta en nuestro ejército hasta hace bien poco. Estaban en vigor cuando yo entré en el Ejército. Y naturalmente lo estaban en el año 1998 cuando un puñado de españoles, que con justicia han sido llamados “Los últimos de Filipinas”,  se vieron inmersos en la defensa del puesto  militar de Baler, aislados, sin conexión alguna con el resto de sus fuerzas, durante 337 días.                                              Tres oficiales, El capitán de Infantería Enrique de la Morenas Fosi, Comandante del Distrito del Príncipe,  Los Tenientes de segunda (equivalente a alférez) de Infantería Juan Alonso Zayas, auxiliado por Saturnino Martín Cerezo, al mando de de 50 hombres del Batallón Expedicionario nº 2  y contando con el apoyo sanitario del médico provisional del cuerpo de sanidad Rogelio Vigil de Quiñones más tres sanitarios; se vieron en la necesidad de hacerse fuertes en la iglesia de San Luis de Tolosa  Baler rodeados de una fuerza muy superior de katipuneros que no respetaron el pacto de Biac – na – Bacto firmado entre Primo de Ribera y Aguinaldo. Las prematuras muertes del capitán y del teniente  Alonso,  dejaron a al Tte. Martín Cerezo la mayor parte del asedio al frente del destacamento.

Seguro que vds conocen bien la historia ¿o tal vez no? Lo que me propongo en estas líneas es reflejar lo mal que nos la han contado en la tan esperada como decepcionante película “1988, los últimos de Filipinas” película española y para más inri, financiada con fondos oficiales.

No soy yo en absoluto un crítico de cine. Mis limitadas credenciales en este campo se limitan a un curso de cine fórum que hice en mi juventud y a una gran afición por el género. En base a ello, me arriesgo a decir que yerran. Yerra  el director Salvador Calvo (Alatriste, la serie de TV Los nuestros) y yerra el guionista cubano Alejandro Hernandez.

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Soldado español en Filipinas

Y Yerran aun cuando aciertan en los detalles periféricos, como el abandono del Gobierno  Español  a sus ejércitos que sostenían los restos del imperio sobre la base una fuerza militar compuesta por soldados de cuota que marchaban resignados a defender a su patria porque no disponían de las 2.000 pesetas que precisaban para su redención. Y todo ello con unos presupuestos para el  ramo de la guerra que negaban la posibilidad de recibir un equipo, unos medios y lo que es peor,  el adiestramiento adecuado para las situaciones que habían de enfrentar. También aciertan acercando al espectador a un escenario físico y geográfico muy real que se caracteriza tanto por voluptuosa vegetación como por su falta de comunicaciones y le introducen directamente en el escenario de la acción. La iglesia de Baler y sus alrededores. Pero yerran ¡y de qué manera! En los perfiles históricos, psicológicos y profesionales de los propios protagonistas. Puede que no fuera intención del director hacer una película puramente histórica, pero no ha tenido la decencia de poner al principio el consabido anuncio “esta película sin ser histórica, está basada en hechos reales”

No hubo ningún sargento en el destacamento. Ninguno. Ni a nadie amputaron alevosa y gratuitamente un brazo, luego todo lo que rodea en la película a  ese siniestro sargento es pura figuración. Tampoco hay prueba alguna de que el párroco fray Cándido Gómez Carreño, fuera “amigo del vino y del opio”. Puede que hubiera algún cura en las islas que, falto de vocación y seducido por los ambientes voluptuosos de las islas se diera al vicio, pero no hay evidencia alguna de que el párroco de Baler fuera así ¿A qué someterle a tan innecesario escarnio?

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Memorias del Teniente Martín Cerezo

Es cierto que durante el asedio hubo otros dos religiosos que entraron a parlamentar, a petición de los rebeldes  y al final  se les obligó a permanecer dentro. Eran los padres Franciscanos Félix Minaya y Julián López, que habían sido capturado por los katipuneros y puestos ante el destacamento como parlamentarios. Me detendré en el primero, el padre Félix Minaya, porque  escribió su propia crónica del asedio entre los años 1902 y 1903, antes de que el Tte. Martín Cerezo publicase la suya:   “El sitio de Baler, notas y recuerdos” en 1904. En las memorias del padre Minaya, que han permanecido casi un siglo inéditas hasta que recientemente han sido publicadas, disiente en algunos matices de lo que el principal protagonista de esta historia, el Teniente Martín Cerezo, da a conocer en el suyo. ¿A quién puede extrañar tales diferencias? Félix Minaya era un fraile que se debía a sus feligreses, que eran todos tagalos. No era un capellán al estilo de los Padres Huidobro o Caballero, cuyo primer cometido es auxiliar espiritualmente a los soldados. Era un hombre ajeno a todo concepto  u ordenanza militar. Difícilmente podría entender la “obstinación” del oficial por no entregar el puesto.

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Monte Arruit

Y esta es la clave del asedio. ¿Obstinación o lúcido compromiso con su misión y con la seguridad de su tropa? Es este aspecto central en la historia lo que se le escapa al director. Los españoles de Baler no se enfrentaban a un ejército regular como lo era el estadounidense. Se trataba de unos insurgentes armados no sujetos a ningún código de comportamiento a la usanza de los ejércitos regulares.  Miren, cuando dos décadas más tarde, en otro escenario, el Protectorado Español en Marruecos, tras la retirada de Annual, al general Navarro sitiado en Monte Arruit por las harcas rebeldes  capitaneadas por Ab el Krim se le autorizó a capitular ¿Cuáles fueron las funestas consecuencias de aquella capitulación pactada? 3.000 soldados españoles fueron inmisericordemente masacrados.  Supuso seguramente el Tte. Martín Cerezo que algo a sí le podría suceder a los suyos ante unos rebeldes a los que había causado no poco quebranto y frustración.   Su determinación se centraba en defender aquel puesto sobre el que ondeaba la bandera que había jurado  y sus hombres, el cumplimiento de su misión y la seguridad de su tropa.

Y los soldados, fueron fieles a su propio juramento: no abandonar jamás a sus jefes. la narración cinematográfica da totalmente la espalda a la capacidad de liderazgo de Martín Cerezo. ¿Se puede mantener una situación así, 337 días uno detrás de otro sin la confianza de tus soldados? Confianza que no se sustentaba en las divisas que portaba el teniente sobre su uniforme, sino en la forma en la que supo conducir la defensa, pues de las 14 bajas que tuvo, solo dos fueron por causas de los combates, aunque hubo muchos heridos eficazmente socorridos por el médico Vigil de Quiñones en circunstancias muy difíciles. El resto por las enfermedades, fundamentalmente el beri-beri, a causa de la deficiente alimentación y condiciones sanitarias. Las demás bajas fueron cinco desertores (dos de ellos enfermeros nativos) y dos fusilados. También de ellos hay que hablar.

Desertaron los ordenanzas de los dos tenientes, Felipe Herrero y Caldentey. Ambos proporcionaron a los sitiadores detalladas informaciones sobre la precariedad de la defensa y llegaron a  alzarse en armas contra sus compatriotas. Más tarde, conocieron por los franciscanos que Caldentey había muerto en acción contra los sitiados ¡traición! Ya casi al final del asedio, José Alcaide Bayona (que se encontraba recluido por un intento sofocado de deserción junto con el cabo Vicente Gonzalez Toca y el soldado Mesache) consiguió evadirse  proporcionó también a los sitiadores importantes detalles de la defensa así como sus planes eventuales para romper el cerco e internarse en la jungla. Esta conducta llevó sin duda al teniente Martín cerezo a tomar la drástica decisión de fusilar a Gonzalez toca y a Mesache.. Lo hizo al amparo del Bando de Guerra promulgado por el Gral. Basilio Agustí y Dávila, Capitán General de las Filipinas el 23 de Abril de 1998. Pudo hacerlo como escarmiento para evitar que tal conducta contagiara al resto, cuya moral se vería sin duda afectada por el larguísimo encierro. Pudo también haber esperado a la resolución de un consejo de guerra. Pero en las circunstancias en las que se encontraban, con planes de romper el cerco y dirigirse a Manila, debió juzgar el oficial un peligro para el conjunto. No consta en ningún testimonio que lo hiciera con la alevosía que muestra la película. Y la mejor prueba de ello fue el juicio contradictorio al que se sometió al Tte. Martín Cerezo a su vuelta a España y que culminó con la concesión de la Cruz Laureada de San Fernando. Condecoración que también se le otorgó a título póstumo al ya Comandante de las Morenas, otro error histórico en el que incurre la película. Por el contrario, es tan impactante la escena del fusilamiento, tan surrealista, que desfigura por completo la personalidad y el mando del oficial.

Concluyendo, lástima de película. Un triste remedo, otra oportunidad perdida para recordar los hechos memorables llevados a cabo por españoles de base, en este caso por militares, ante una situación en la que los gobernantes parece que los dan por amortizados.

No es difícil juzgar a los actores de aquel episodio cuando conocemos los resultados de su empeño. El sitio de Baler No ha sido ni mucho menos el único de esta naturaleza en nuestra historia. Como rezaban aquellas espinelas de Bernardo López García:

Siempre en lucha desigual

cantan tu invicta arrogancia

Sagunto, Cádiz, Numancia,

Zaragoza y San Marcial….

 

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Otros sitios

Tampoco sería el último. La defensa del Alcázar de Toledo (21 de julio al 27 de septiembre de 1936), del Cuartel de Simancas en Jijón (2º de julio – 21 de agosto de 1936) o la del santuario de Santa María de la Cabeza, por guardias civiles (14 de septiembre de 1936 – 1 de mayo de 1937), cuyos resultados diversos pero siempre heroicos, son prueba de ellos.

De la conducta de sus defensores deberían extraer sus lecciones los jóvenes mandos que hoy salen de nuestras academias militares y saben que a plazo fijo van a ser destinados al frente de hombres y de mujeres para cumplir las misiones que se les asignen. Como ha sucedido en Faluya (Irak), o a veces en destacamentos  aislados a lo largo del Valle de Murgab (Afganistán).  Muy provechoso les ha de ser reflexionar sobre los principios del arte de la guerra aplicados a estas situaciones, en particular a la defensa de Baler: Libertad de acción (poder) absolutamente limitada, sin comunicaciones y totalmente cercados. Capacidad de ejecución (saber) muy reducida por la fragilidad del puesto, lo limitado de sus efectivos, municiones y abastecimientos; lo que no les impidió aprovechar cualquier oportunidad para tomar la iniciativa, hacer salidas para mantener la moral de combate y mejorar su situación. Y finalmente la voluntad de vencer (querer). Convendrán Vds. conmigo en que ésta fue el pilar que los mantuvo firmes en la resistencia.

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Los últimos de Filipinas

Sin complejos hemos de honrar a los protagonistas de esta historia, aunque  no haya sido éste el propósito del director de la última película. No nos relata lo que pudo haber sido y no fue, como lo hizo en la serie “los nuestros” del mismo director. La diferencia es que en Baler sí sucedió y los descendientes de los protagonistas de la gesta (no de la película) y todo el pueblo español  merecen que se cuenten las cosas como sucedieron en la realidad, contadas con rigor.

Adolfo Coloma

GB (R) del ET